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Dicho término
ha sido usado desde hace cinco años y agrupa a diversas
cualidades, como tomar conciencia de las sensaciones, comprender
los sentimientos de los demás, tolerar las presiones
y frustraciones escolares, laborales y sociales, así
como acentuar la capacidad de trabajar en equipo, refiere
en entrevista exclusiva para saludymedicinas.com.mx la Dra.
María Elena Anaya Dávila Garibi, psicóloga
egresada de la Universidad Iberoamericana, ubicada en la Ciudad
de México.
Tenemos dos mentes
Se ha establecido
que poseemos una mente pensante y otra sensitiva. A la primera
también se le conoce como racional, y destaca por su
capacidad de análisis, en tanto la segunda, denominada
emocional, se caracteriza por su impulsividad. Ambas
operan en ajustada armonía entrelazando sus dos formas
de conocimiento para guiarnos por el mundo. Por lo general,
existe equilibrio entre ellas: la emoción alimenta
e informa las operaciones de la razón, y ésta,
a su vez, analiza y ocasionalmente evita la entrada de los
impulsos, explica la especialista en salud mental.
Se ha demostrado
que las personas emocionalmente expertas conocen y manejan
bien sus propios sentimientos, además de enfrentar
con eficacia los de otros cuentan con ventajas, por
ejemplo, en las relaciones amorosas y al afrontar nuevos retos.
Quienes poseen esta habilidad también tienen
más probabilidades de sentirse satisfechos y ser eficientes
en su vida; por el contrario, los individuos incapaces de
controlar sus impulsos libran batallas interiores que afectan
su capacidad de concentrarse y pensar con claridad,
advierte la entrevistada.
¿Cómo
nacen?
La vida emocional
se origina en determinada área del cerebro denominada
sistema límbico, específicamente en las amígdalas,
que son estructuras similares a almendras provistas de elementos
interconectados entre sí y cada una ubicada en ambos
costado del encéfalo. En la arquitectura de este órgano,
a dichos elementos se les considera compañía
de alarmas, donde los operadores están preparados
para realizar llamadas de emergencia al departamento
de bomberos y policía cada vez que
algún sistema de seguridad interno detecta la existencia
de problemas y dificultades.
Las conexiones
entre las amígdalas y la neocorteza (porción
del cerebro racional) son el centro de las batallas o acuerdos
cooperativos alcanzados entre cabeza y corazón o pensamiento
y sentimiento. Este circuito explica por qué la emoción
es tan importante al momento de tomar decisiones y al permitirnos
crear ideas con claridad.
Cuando surge
algún asalto emocional (como un estallido
incontrolable de ira), el sistema límbico declara una
emergencia y llama al resto del encéfalo
para atender la urgencia. Ello se genera en un instante y
desencadena cierta serie de reacciones antes de que la mente
racional vislumbre lo que está pasando y, una vez que
el momento pasa, los que han quedado así dominados
tienen la sensación de no saber qué les ocurrió.
Cabe aclarar que tales detonaciones no siempre
son perturbadoras, pues si un chiste le parece a alguien muy
gracioso su risa resultará explosiva.
Es importante
considerar que nuestras emociones nos guían al enfrentar
tareas difíciles o relevantes para dejarlas sólo
en manos del intelecto: peligros, pérdidas dolorosas,
persistencia hacia alguna meta, vínculos con un compañero
o formación de una familia. Cada una se expresa de
distinta manera:
Ira. La
sangre fluye a las manos, y así resulta más
fácil tomar un arma o golpear al enemigo; en tanto,
se segrega la hormona adrenalina, la cual eleva el ritmo cardiaco.
Miedo.
En este caso, el fluido sanguíneo se acumula en los
músculos de las piernas, lo que facilita la huida;
asimismo, se generan sustancias cuya función es alertar
al organismo con el fin de que se prepare para actuar.
Felicidad.
Aumenta la actividad del centro nervioso que frena
los sentimientos negativos, brindando tranquilidad y entusiasmo
para emprender cualquier tarea.
Amo. Ternura
y satisfacción sexual dan lugar a reacciones capaces
de generar en la gente estado de calma y bienestar.
Sorpresa.
Levantar las cejas es una de sus manifestaciones, lo que aumenta
el alcance visual para obtener más información
sobre el acontecimiento inesperado para distinguir qué
ocurre.
Tristeza.
Nos permite adaptarnos a pérdidas significativas, como
la muerte de alguien cercano o gran decepción.
Alfabetización
del sentimiento
El dominio emocional
es especialmente difícil, ya que las habilidades necesarias
para lograrlo deben ser adquiridas en los momentos en los
que habitualmente la gente se encuentra menos dispuesta a
recibir esta información y aprender hábitos
de respuesta cuando están disgustados. De acuerdo con
la Dra. Anaya Dávila Garibi es fundamental dominar
las siguientes capacidades:
Conocer las propias
emociones. Identificar un sentimiento mientras ocurre nos
brinda la capacidad de mantenerlo bajo control y estar seguros
de nuestro sentir respecto a las decisiones personales.
Manejo de
impulsos. Quienes carecen de esta habilidad luchan contra
sensación de aflicción, mientras aquellos que
la poseen se recuperan con cierta facilidad de los reveses
de la vida.
Reconocer emociones
en los demás. Los individuos que lo logran están
mucho mejor adaptados a las sutiles señales sociales
que indican lo que otros necesitan.
Evidentemente,
no es nada fácil mantener equilibrio entre sentimientos
y raciocinio, pero está en cada uno de nosotros esforzarnos
para lograr dicha armonía.
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